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Sabe, oh príncipe, que entre los años del hundimiento de Atlantis y las resplandecientes ciudades bajo los océanos, y los de la aparición de los hijos de Aryas, hubo una edad olvidada en la que el mundo estaba cubierto de brillantes reinos como mantos azules bajo las estrellas: Nemedia, Ofir, Brithunia, Hiperbórea, Zamora, con sus muchachas de oscuros cabellos y sus torres plagadas de arácnidos misterios, Zingara y sus caballeros, Koth, limítrofe con las tierras pastoriles de Shem , Estigia, con sus tumbas custodiadas por sombras, e Hirkania, cuyos jinetes vestían de acero, seda y oro. Pero el más orgulloso reino del mundo era Aquilonia, que reinaba soberana sobre el soñoliento oeste.
Y allí llegó Conan, el cimmerio, el pelo negro, los ojos sombríos, la espada en la mano, un ladrón, un saqueador, un asesino, de gigantescas melancolías y gigantescos pesares, para pisotear con sus sandalias los tronos enjoyados de la Tierra.

Las crónicas nemedias.
Robert E. Howard.
 

La etapa de Conan el Ladrón está compuesta por los relatos:

“The Tower of the Elephant” (REH)
“The Hall of the Dead” (REH)
“The God in the Bowl” (REH)
“Rogues in the House” (REH)

“Las risotadas resonaban estrepitosamente en el techo bajo y manchado por el humo de uno de aquellos antros donde se reunían pícaros de todo tipo luciendo toda clase de andrajos y harapos; había rateros furtivos, raptores lascivos, ladrones de dedos ágiles, bravucones jactanciosos con sus mozas, mujeres de voces estridentes vestidas con ropas no menos chillonas. Los bribones del lugar eran mayoría: zamorios de piel oscura y ojos negros, con dagas en sus cintos y astucia en sus corazones. Pero también había allí lobos de varios pueblos extranjeros". (…)
"Vio entonces a un joven alto y corpulento que se encontraba de pie a su lado. El desconocido estaba tan fuera de lugar en ese antro como un lobo gris entre las ratas de las cloacas. Su pobre y raída túnica dejaba ver las fornidas líneas de su fuerte cuerpo, sus anchos y recios hombros, el pecho macizo, la fina cintura y los brazos fuertes y musculosos. Su piel estaba bronceada por los soles remotos, sus ojos eran azules y fogosos, y una desgreñada melena negra coronaba su amplia frente”.

La Torre del Elefante, R. E. Howard.


Illustration © Norem.

Manufacturer: Thunderbolt. Mountain Miniatures.
Serie: -
Original Barbarian and Lady. Order nº: 1001.
Designed by: -

Painted: August 2009.
Scale: 54 mm.

 
 
 

El Cimmerio, en su peregrinaje por el “mundo civilizado”, había llegado a la ciudad de Zamora hacía un par de días. Aunque entendía pocas cosas de las costumbres y de la religión de los zamorios, Conan había aprendido bien cuál era el único reclamo de Zamora: el secreto de la Torre del Elefante.

En el barrio bajo del Maul, rodeado de canallas, pícaros y ladrones de dedos ágiles, había escuchado atento como los astutos bribones zamorios de piel oscura explicaban lo inexpugnable que resultaba la torre y la cantidad de joyas que contenía, entre ellas el famoso Corazón de Elefante… pero el viejo sacerdote Yara custodiaba la gema y sus aterradores guardianes, no humanos, ya habían dado con los huesos de algún osado ladrón. Aún así, Conan, de una voluntad indoblegable y criado en el norte donde gobernaba Crom y donde la mejor manera de alcanzar un acuerdo era mediante el acero, pensó que si aquellos bastardos zamorios tenían miedo de un sacerdote y su magia, era su problema: él iba a conseguir aquella preciada gema.

La silueta de la Torre del Elefante se recortaba contra el cielo; allí estaban sus 50 metros de altura, sus paredes lisas y pulidas, su borde engastado de rubíes, zafiros, esmeraldas y turquesas… se levantaba entre un jardín de árboles exóticos, rodeada por dos murallas.

No hacía falta plantearse si un cimmerio era capaz de trepar aquel muro, así que con agilidad felina se encaramó a la pared y saltó al interior. La oscuridad y el silencio hacía que el instinto salvaje de Conan estuviera bien alerta, mirando en todas direcciones… pero no estaba solo, un cuerpo se recortaba contra la muralla y cuando se acercó a él comprobó que no era más que otro ladrón, el famoso Taurus de Nemedia, apodado “El príncipe de los Ladrones”. A pesar del susto y la sorpresa inicial, ambos supieron valorar su audacia por pretender robar el Corazón de Elefante y decidieron unir sus esfuerzos en aquella empresa.

Los dos valientes se acercaron al segundo muro, dispuestos a sortearlo y saquear la morada de Yara. Más arbustos y aquellos árboles exóticos que Conan no había visto nunca, pero eso no distrajo el sexto sentido del cimmerio, percibía el aura amenazadora de aquel lugar: miradas hambrientas y un sutil olor que le erizó el vello de la nuca.

Taurus, que también lo había advertido, le dijo que no se separara de él… Conan ya había desenvainado su acero, sus nudillos se cerraban como tenazas sobre la empuñadura y sus ojos azules escrutaban en la oscuridad. Taurus sacó un tubo metálico de su cinto y detuvo el avance de Conan… aunque no corría ninguna brisa, los arbustos se agitaban y fue en ese preciso momento cuando los leones, bestias de mandíbulas poderosas y garras mortíferas, aparecieron en el jardín…

El cimmerio esperaba el ataque irremediable de aquellas bestias enormes, pero Taurus sopló por aquel tubo metálico y una nube densa de polvo amarillento se propagó por el jardín en dirección a los leones… estos cayeron fulminados en poco tiempo.

- Qué demonios era ese polvo, Taurus?
- Polvo de las flores de loto negro de Khitai, causa la muerte al olerlo, ja, ja!

Conan se arrodilló al lado de los enormes animales, había desaparecido su pulso… movió la cabeza pensando que la magia de las tierras exóticas era terribles y misteriosa a los ojos de un bárbaro del Norte.

La Torre del Elefante esperaba…

Dimitri.

Craig Russell ©. The Jewels of Gwahlur.