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Abrí de nuevo los ojos, llorosos por la humareda y el calor, un pegajoso olor a azufre envolvía el aire de un cielo tormentoso y negro. Casi todo parecía estático, como paralizado en el tiempo y durante unos instantes no oí nada. Intenté ver algo y poco a poco, entre el humo y la lluvia persistente, divisé sombras y escuché el canto del acero mezclado con los gritos de los hombres…
Al intentar incorporarme, un agudo dolor en el costado me devolvió la memoria. La cabeza también me zumbaba. Con la mano busqué alguna señal en la armadura, un buen golpe había hundido una parte y, seguramente, me había roto alguna costilla. Tenía suerte de seguir vivo… porque entre todo aquel caos, una silueta rojiza y brillante se alzaba como un coloso, haciendo restallar su látigo contra el suelo y blandiendo su espada llameante contra todo aquel que osara acercarse.
Busqué a tientas a Colmillo Desgarrador y encontré mi mandoble a mi lado, esperándome para volver a cargar. Me levanté como pude, cogí uno de los escudos que estaban tirados por el suelo y caminé hacia la muerte. Por el camino, el calor aumentaba y algunos hombres salían despedidos por el aire, como lanzados por catapultas. La sangre se mezclaba con la lluvia, la tierra estaba roja como un cenagal ensangrentado.
Allí estaba, con hombres caídos y chamuscados a sus pies. Siempre entre llamas, como si su carne fuera lava, agitó el látigo ante los pocos hombres asustados que intentaban detenerlo con lanzas y los hizo retroceder. La defensa de Torreón del Cernícalo no podía ceder, porque detrás de nosotros, los muros de Cima de Halcones sólo contaban con una pequeña guarnición que no resistiría. Teníamos que detenerlo como fuera!
Cerré los dedos entorno a la empuñadura de Colmillo Desgarrador y salté entre los hombres para enfrentarme a su estocada llameante. Su acero chocó con el mío, un beso ardiente como el Infierno, no perdí el equilibrio y aguanté como pude la embestida. Y entre el humo… apareció su cara, os cuernos candentes coronaban su cabeza, su silueta se recortaba en una cortina de vapor y fuego. Dos ojos volcánicos se clavaron en los míos. Su boca se torció en un gesto y una risa surgida del Averno fue lo último que escuché antes de escupirle a la cara y atacar de nuevo…
Dimitri. |